Ecos

Grité, pero mi voz se estampó contra el silencio. A lo lejos unas luces se acercaban hacia mí. Pasados unos segundos, estas se definieron en candelabros que oscilaban pendularmente con los pasos de sus portadores. Cuatro tallas grises cubrían sus anatomías. En sus torsos, bajo la ropa, se podía intuir un escudo monárquico que desconocía. El más alto del grupo avanzó hasta mi encuentro, dejó el candelabro a mis pies y se hizo caer la capucha que le cubría un rostro barbudo y huesudo.

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Añicos

Aquel día el cielo estaba encapotado. Tenía un aspecto lúgubre; las nubes en un pueblo de mar siento que cuentan por dos. Y hoy, sin embargo, veo una gran carga de belleza en la chiquillada, aunque accidental, de romper una ventana con un pelotazo, tal vez porque aquellos miedos de la infancia ya se hicieron añicos; quizás porque formen parte fundamental de mi vida. Sospecho que hacerse mayor es ir cambiando de muda a los sueños y a los miedos, experimentar que crecen y que, cuando son suficientemente mayores, se van lejos de uno para convertirse, a lo sumo, en un recuerdo fugaz o en una emoción de un día cualquiera.

Quijada

Lo encontró un día de lluvia, ocho asesinatos más tarde; a cuatrocientos kilómetros de Madrid. Llovía sin pausa, gotas pequeñas que, a veces, parecían la forma intermedia que adquiere el agua entre la niebla y el líquido. El vehículo, una furgoneta de reparto de pan, estaba estacionado en una explanada al pie de la carretera. El terreno estaba embarrado, el vehículo empapado. En esas circunstancias, Cristóbal se acercó hasta la puerta del conductor.

Suave es la noche

Comencé a leer "Suave es la noche" persuadido por el entusiasmo que me provocó "El Gran Gatsby", quizás la novela más conocida de Fitzgerald, en donde se mostraba las sombras y peajes que tienen el exceso y el éxito. Lo que más me cautivó de ella no fue la fotografía que hizo de los años veinte neoyorkinos, si no que todo resultaba un espejismo: ni los personajes ni la trama eran nunca lo que aparentaban ser.

Gula

Tres, dos y uno: ¡El éxtasis y la nada! ¡Aquel niño y sus zarpas! ¡El olor a carne viva! ¡El olvido! ¡El olvido!

Lanza

Lees. Lo haces con el dedo situado a milímetros de la pantalla, listo para cambiar de actividad en cualquier momento. Lees, si, a pesar del espacio que ocupa tu dedo en el campo visual. Tus ojos han aprendido a sortear tu uña y tu carne, así que no los mires ahora ya que no tiene ningún sentido: permite que tu mirada los deje al margen cómo hasta ahora. Lees cada una de estas letras sin un motivo principal, formas p a l a b r a s en tu mente como quien proyecta imágenes en una pantalla. Lo haces para ti, en silencio y sin la certeza de continuar con ello, dado que no resulta muy normal leer acerca de aquello que uno está haciendo.

La herida de la esfinge

En "La herida de la esfinge" Terenci Moix nos traslada al Egipto del siglo XIX, un lugar en pleno proceso de expoliación colonialista, en dónde el protagonista, un joven aristócrata británico, encontrará las raíces de su pasado.

4, 3, 2, 1

¿Quién soy yo para comentar la voluminosa novela de Auster, 4,3,2,1? Un lector. Nada más. Alguien que se ha asomado a ella y que, sin atesorar una gran memoria, sólo le quedan las emociones y algún recuerdo superviviente para juzgar lo que sigue leyendo. Sólo en ese sentido me atrevo a comentar el esfuerzo brutal... Leer más →

Escarlata

El día que me capturaron el sol sufría un eclipse. Salí a buscar pan, como cada mañana, antes de preparar la comida para mis ancianos padres. Vivíamos los tres juntos, con poco, en un pequeño piso del Raval. Tenía 32 años y hacia poco que la Guerra de Cuba me había arrebatado a mi marido. Desalmada y viuda, en el paseo hasta la panadería me entretenía a ver los escaparates de la ciudad y a aspirar los aromas de los puestos de los mercados. Pero aquel día realicé una ruta alternativa, confundida por la escasa luz que bañaba la ciudad, una iluminación ceniza que me hizo ir por las calles más pequeñas del centro. En el cielo colgaba un sol anular y eclipsado cuando, en algún punto, fui atacada y trasladada al piso en el que pasé los siguientes sesenta años de mi vida. Aquel día sobreviví al ataque contra todo pronóstico. “Eres de las pocas personas que lo ha logrado”, me dijo mi futuro amo al abrir los ojos ya en su casa. Acto seguido me ofreció la opción de ser su sierva. Accedí con la esperanza de escapar de aquel lugar. Pero la ocasión no llegó, porque siquiera llegué a desearla.

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